MISIÓN: SUEÑOS COMPARTIDOS

Cuando se habla de "ciudad oculta" el imaginario colectivo piensa en una fortaleza reducto de delincuentes y drogadictos. Acostumbrados a la segmentación, este barrio quedó caracterizado de esa manera. Su verdadero nombre es Barrio General Belgrano, pero a partir de 1978 se convirtió en “Ciudad oculta” gracias a la dictadura militar que construyó un paredón para esconder la miseria hacia los visitantes extranjeros que venían a palpitar el mundial Sin embargo, en este paradigma de exclusión social suceden cosas que bien vale la pena asomarse para ver y aprender. Permítanme compartir una crónica sobre la visita a esta fortaleza tan temible.
Por Virginia Giussani para Hualmanos
Era una mañana de lluvia y quedamos en encontrarnos con Eduardo González Fernández, Director Técnico del programa “Sueños compartidos” de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, para visitar las obras que se están realizando en ciudad oculta. Cabe señalar, antes de seguir con esta crónica, que este programa de construcción de viviendas para familias marginadas funciona en todo el país, teniendo obras en Chaco, Santiago del Estero, Misiones, Prov, de Buenos Aires, Mendoza, Neuquén y Santa Fe. Viviendas que se realizan a partir de un novedoso sistema de construcción.
Llegamos a la Villa 15 y con lo primero que nos topamos fue con un edificio llamado “El elefante blanco”, de las características del viejo Warnes y jamás habitado. Allí nos encontramos con un jardín de infantes en excelentes condiciones de funcionamiento. Muy distinto, ciertamente, a la primera vez que la Fundación puso un pie allí para iniciar su trabajo de reciclado. Se trataba de un gran basural en donde se ha llegado a sacar hasta caballos muertos durante su primera fase de limpieza, contaban con el orgullo de quien atraviesa y supera una penosa faena. No era fácil imaginar ese estado inicial al recorrer las distintas salitas con sus niños jugando y todo el equipamiento necesario para acompañar cada edad. Como madre y como mujer debo confesar que lo que más me impresionó fue la charla en la cocina y el comedor del jardín con su personal de trabajo. Todas mujeres que viven en el barrio, porque lo realmente importante de estos sueños compartidos no es ofrecer una vivienda digna como una generosa limosna. No. La vivienda, en todo caso, no deja de ser una esencial excusa para reconstruir el tejido social e incluir en un proceso productivo a quienes por décadas se los fue expulsando. Cada obra que se implementa en un barrio se realiza con la gente que vive allí, contratados como trabajadores en blanco. Tienen su recibo de sueldo, obra social, aporte previsional como cualquier trabajador en relación de dependencia.
En el comedor se encontraban unas diez mujeres con sus uniformes acordes a la tarea desempeñada. Hasta hace sólo dos años vivían en la villa bajo un techo de chapa y sin ningún destino futuro, hoy llevan adelante un jardín maternal y en sus miradas se notaba la alegría del cambio. Una de ellas relataba como entraba agua por su casa cuando llovía, antes. Otra, contaba sobre los hijos adolescentes que este programa de viviendas les dio un destino y la posibilidad de construirse un futuro más allá de cuatro paredes. Con humilde emoción nos decía que antes los chicos se la pasaban vagabundeando y tomando cerveza, ahora trabajan en las obras y llegan a la noche y se desmayan.
Saliendo del “elefante blanco”, y luego de haber recorrido el taller de costura donde se confecciona toda la prenda de trabajo, un gimnasio y un depósito de obra que se asemeja a una enorme ferretería con todos sus estantes perfectamente ordenados, nos dirigimos a la obra.
El sistema implementado para la construcción es de origen italiano y con más de veinte años de trabajo probado. Sin embargo, lo novedoso consiste en que cualquiera está en condiciones de hacerlo después de una elemental capacitación, porque es muy fácil y no requiere conocimientos previos en la construcción. Es por eso que en la obra pudimos ver trabajando a un pequeño ejército de hombres y mujeres que viven en la villa levantando sus casas. Hombres y mujeres que reciben un recibo de sueldo en blanco y sindicalizados en la UOCRA. Alrededor de 400 familias de la villa viven de la obra en tanto construyen sus casas. Allí los vimos levantar paredes con su ropa de trabajo que en la espalda tiene la insignia de la Fundación, sus cascos y todas las medidas de seguridad que corresponden a la construcción. En uno de los edificios en los que estaban trabajando el jefe de equipo era una mujer, antes de este proyecto no sabía nada de construcción, pero se capacitó con las Madres para la implementación de este tipo de sistema y ahora dirige una de las obras. Mientras la miraba con sus arneses obligatorios, imaginaba que probablemente hace dos años esta mujer podría ser cartonera o desesperada en procurarse el sustento diario para sus hijos. Pero allí estaba, en este desafío de construir su vivienda y la de sus vecinos, un desafío que significa inclusión y mejor calidad de vida. Pudimos observar, desde afuera y desde adentro, tanto las viviendas en construcción como las que ya se habían entregado. Se trata de edificios de dos pisos con departamentos de cuatro ambientes cada uno. Las familias en la villa son numerosas, por lo tanto se estructuró un espacio acorde a la cantidad de gente que debía ocupar cada departamento.
Por último, nos dirigimos a Castañares, otro predio no lejos de allí donde se trabaja en un mega sueño compartido, la construcción de más de 700 viviendas. Nada tienen para envidiarle a las grandes empresas de construcción este proyecto que lentamente deja de ser un sueño para transformarse en realidad. También allí nos encontramos con un ejército de hombres y mujeres trabajando, en las mismas condiciones de higiene y seguridad que en la obra de la villa. Sin embargo aquí la organización resulta más impresionante, y al decir de los técnicos, profesionales que antes trabajaban en empresas privadas, en muchos casos este nivel de organización y seguridad frente al trabajo supera a cualquier emprendimiento privado. Primero construyeron las oficinas operativas, administrativas y de depósito, luego comenzaron con la base de este enorme sueño. También en esta obra alrededor de 400 familias lograron su inclusión en un proceso productivo.
A pesar de la lluvia y el día gris mi corazón brillaba al regresar de esta visita. Recordé entonces algo que decía Don Arturo Jauretche: “No es cuestión de cambiar de collar, hay que dejar de ser perros”. Esa fue la sensación que me quedó luego de entrar por un ratito a este sueño compartido. El pretexto es la vivienda, pero el objetivo profundo es dejar de ser perros, y eso pude observar en sus caras, la seriedad, alegría y compromiso de quien se está construyendo más que una casa, un futuro.

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